Cuando el carro se haya roto muchos os dirán por donde no se debía pasar.
De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso.
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El agnosticismo político argentino |
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Por Gustavo Adolfo Bunse |
Ser muy mal pensado, desconfiado e incrédulo en la Argentina se ha convertido
en uno de los primeros deberes del ciudadano.
Como un mecanismo de defensa mínimo, es obligatorio sospechar de toda la
dirigencia política y saber que estamos en manos de un grupo de mentirosos
enciclopédicos cuya escrupulosidad mas elemental ha sido fulminada hasta para
sus propias familias.
Dudar de ellos. Sospechar de todos sus actos, de sus dichos y de sus
intenciones, es una obligación. Casi como un reflejo natural de supervivencia
en una jungla, en la cual, ellos depredan y uno huye cada día, sabiendo que
además, probablemente, sea una huída hacia adelante, tan inútil que, en algún
momento, caeremos en las garras de otro, con mayor poder depredador, acaso más
sutil y despiadado.
Estamos obligados pues, a un agnosticismo político recalcitrante.
Hay que remontarse seguramente mucho más de una centuria para encontrar una
saga política honesta y decente de algún dirigente argentino. ¿ Carlos
Pellegrini ?
Poco importa ahora. Nadie puede ser tachado de escéptico ni de prejuicioso si
camina en este país con todas estas prevenciones, luego de haber transitado
una vida repleta de calamidades perpetradas por la misma dirigencia política.
No es en absoluto una paranoia suponer, cada mañana, que lo normal ha de ser
que intenten engañarnos otra vez, que nos mientan en forma burlona y que
simultáneamente se postulen para que, obligada a votar, toda la ciudadanía
convalide la única oferta electoral disponible en la que se incluyen, una vez
más, todos y cada uno de ellos.
La sensación de que no hay Estado ya es certeza.
Y no sólo ya por ver un Poder Legislativo corrompido hasta los tuétanos e
impune de toda impunidad, como “pintado al óleo”.
Sometido con “caja”, a cambio de dejar que todo se haga por decretos de
necesidad y urgencia ó por disposición, conferida en bandeja, con unos
superpoderes napoleónicos que se siguen prorrogando “ad infinitum”.
No hay Estado, además, por un Poder Judicial ausente hasta de su propia
suerte.
Hierático, mudo y vendido ante cualquier estímulo del ejecutivo.
Castigador implacable sólo de los punguistas y de los ladrones de gallinas,
pero magnánimo y munificente con los criminales de alto vuelo, especialmente
si algo tienen que ver con la dirigencia política.
Y no hay Estado, en suma, por que la jefatura de ese Estado se lo ha propuesto
deliberadamente. El Estado son las instituciones de la República. Pero el
poder ejecutivo, que debe velar por ellas, es justamente el peor mentiroso,
errático, inoperante y enfermo de demagogia.
Todos operan como unos perfectos propiciadores del anarquismo, que actúan como
arquitectos de la implosión social y que están empeñados, día y noche, en
descubrir algún daño nuevo que pueda hacerse a las instituciones de la
República.
Si uno lee la Constitución Nacional en un prolijo examen de su articulado,
descubre que aquello que se halla vigente en el país es precisamente todo lo
inverso de lo que está dispuesto en su texto.
De la legislación vigente, ni vale la pena hacer comentario alguno.
El Código Penal es un catálogo de la ridiculización literaria de todos los
territorios del castigo legal. Una utopía correctiva.
Casi una burla de la hipótesis punitoria convertida en la más increíble
paradoja que consagra el mérito a la manufactura del mal.
Se supone que hay algo que aquí pueda ocurrir que nos salve de la anomia que
transitamos.
Y del individualismo tan recalcitrante en el que se ha metido toda nuestra
sociedad en su loca huída hacia adelante.
O peor, en su desdén impertérrito.
Entonces, en ese “sálvese quien pueda” que nos deja una sordina fotográfica
cada día, con idénticas imágenes y con discursos repetidos de una ética sin
sentido alguno del discernimiento entre el bien y el mal, ser incrédulo y
sospechar, es pues un imperativo.
Un deber cívico.
Hay que pensar mal, en suma, de esta casta maligna por cuanto es la mejor
manera de inyectarse algún antídoto social contra el acostumbramiento
resignado, contra la mansedumbre civil frente al descarrilamiento interminable
que se nos ofrece a todos como paisaje cotidiano desde el pináculo del poder.
Hay que pensar muy mal, para estar a tiro de la realidad y para no sufrir más
desencantos de los que ya se han sufrido.
Pues en esta verdadera bacanal del populismo, los espacios están ocupados por
ineptos estructurales que forman hoy un verdadero grupo de partisanos de la
oportunidad.
Sujetos que viven aferrados a un timón que en realidad es manejado por el
oleaje y no por ellos.
Especimenes que son incapaces de la reacción más elemental, incapaces de
reconocer su propia impericia, e incapaces también para crear un hueco ético,
corriéndose a un costado y dándole la mínima esperanza a quienes les han dado
mandato.
El inepto, tomado a la amarra del poder, es, por naturaleza, una especie de
semi analfabeto, que no puede producir ni propiciar ningún rumbo nuevo.
Escapando a la responsabilidad mínima, huye por el “pronto”, niega la realidad
fáctica más próxima a su nariz y, tal como lo hace un extraviado en el
desierto, sólo opera con flashes de su memoria sobre algún episodio del pasado
que le parece aplicable a su completa desorientación.
Se asusta por cualquier ruido de la noche, y es capaz de descargar su arma
sobre un pequeño insecto inofensivo que pasa por debajo de su pie con tal de
asegurarse que nadie lo acecha.
Su desesperación caótica no lo deja pensar nada más que en cuestiones
primarias y muy efectistas, pero jamás en el plan más sencillo, ni siquiera
para determinar su propio destino e intentar alguna cosa concreta.
El inepto no sólo no gestiona nada, sino que, además, no deja gestionar,
porque desconfía, sólo por el hecho de que cualquier iniciativa es una
actividad dinámica que puede deformar la realidad fotográfica en la que vive
paralizado y sin aparente peligro.
Lo “distinto” no puede ser mejor en ningún sentido para él.
Siempre cree que lo “distinto” puede ser peor, y por eso lo rechaza.
Ninguna función cubierta por esa ralea está ejercida por gente capacitada. Y
lo normal es que la ejerza cualquiera, aún con la más insuficiente
preparación.
Esto es una consecuencia de la multiplicación de la audacia de los partisanos
de la política frente a la impavidez de todos:
Cualquier individuo puede, sin demencia, aspirar a cualquier puesto en este
país, porque la sociedad se ha habituado a no exigir competencia.
Entonces, la masa crítica de las personas que ejercen funciones públicas y
ocupan cualquier escalón jerárquico en el Estado lo hacen por hábito, de
manera improvisada y por cierto aventurera.
Cada uno de estos sátrapas, se proponen compensar su ineptitud, de la que son
conscientes, adoptando un gesto convencional, insincero, para convencer con
eso al entorno, y hacerles creer que son efectivamente lo que representan.
Y así, de paso, mientras procuran convencer a los demás, intentan convencerse
a sí mismos.
Pero les cabe el juicio de la historia y el veredicto de la soledad que acaso
deba producirse más pronto que tarde y frente a tribunales de verdad, de
nuestra época y con las fuerzas morales de la singularidad imperfecta pero
implacable que tienen siempre las instituciones propias de un sistema
republicano.
No por su ambición política cuya proyección no se deslegitima desde ninguna
posición de poder, sino por sus graves culpas en el debilitamiento de los
restos de la estructura nacional.
No por su carencia de virtud, que es pura ignorancia, sino por su
deshonestidad y su conciencia más absoluta de ser inmorales
No por sus caminos siempre errados, que son obra de su ceguera, sino por su
engaño inaudito armado en el lucro cesante del poder correctivo que tienen y
que no ejercen.
No por fulminarle imbécilmente los negocios al país, sino por su clara
intención de apuntar todo hacia sus propios proyectos personales para seguir
en la villanía del negocio particular.
No por decir medias verdades que es una limitación intelectual, sino por
habernos convertido en agnósticos políticos por cuanto :
Han mentido con el origen artificial del superávit fiscal.
Han mentido con el gasto real de la obra pública.
Han mentido con la relación que tienen con Hugo Chavez.
Han mentido con los fondos desaparecidos de Santa Cruz.
Han mentido con el pago abortado al Grupo Greco.
Han mentido con la desvinculación real de Luis D’ Elía.
Han mentido con la investigación de la AMIA y la Embajada.
Han mentido con la publicidad que pagan a medios adictos.
Han mentido con el domicilio de Scioli.
Han mentido con la intervención de hecho a Felipe Solá.
Han mentido con las inversiones chinas.
Y siguieron mintiendo :
Han mentido con los índices del INDEC.
Han mentido con los parámetros de seguridad pública.
Han mentido con la honestidad de Rovira.
Han mentido con las encuestas de Misiones.
Han mentido con los números de la imagen presidencial.
Han mentido con el ridículo Caso Gerez.
Han mentido con su preocupación por Jorge Julio López
Han mentido con el gasoducto transamazónico.
Han mentido con los radares colapsados de Ezeiza.
Han mentido con la conveniencia de cancelar deuda.
Han mentido con el asesinato de Cacho Espinoza.
Y nos seguirán mintiendo…
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